dimecres, 27 de juliol de 2011

"Buenas noches, ángel mío, que duermas bien"

Quisiera dedicar unas líneas al padre de Amy Winehouse. Como siempre me digo, la muerte es obscena para quien se queda. Para quien se va… pues mira, para un ratito minúsculo que uno está aquí, tanto da que este sea más o menos largo. Sin embargo, quien se queda, se queda para vivir la ausencia. Ausencias que muchas veces son como un alambre espinado que zigzaguea el corazón a cada bocanada de sangre.

Hoy publicaba la prensa el último mensaje de Mitch Winehouse a su hija Amy. Les comento que aun no he conseguido leerla de una tirada sin sentir agujas en mi garganta. "Buenas noches, ángel mío, que duermas bien. Tu papá y tu mamá te quieren muchísimo".

Mitch Winehouse podría haber dicho otras cosas, incluso podría haber callado, o podría haber rasgado su corazón a tiras frente a unos medios de comunicación ávidos de lágrimas descontroladas. Pero lejos de perder la dignidad, le ha dado las buenas noches a su niña, en un sueño sin despertar. Seguramente como lo hiciera otras veces; cuando Amy era niña y su profesora de Lengua se tornaba un monstruo desgarrador que irrumpía en sus sueños y la hacía sufrir. Son las palabras que se dicen a un baby cuando necesita de ti.

No hace falta caer en el “belenestebanismo”. No era necesario demostrar que uno sufre más que nadie; golpearse en el pecho, mesarse los cabellos… Simplemente era necesario reconciliarse con la muerte. ¿No les da la sensación de que este hombre siente liberado su pesar tras ver a su hija de 27 años autodestruirse lentamente? Quizá por eso su serenidad. No lo sé, pero me lo tomo en todo caso como un apunte magistral de entereza.

Desde aquí un abrazo a Mitch con mi garganta encogida. Me levanto en silencio y me descubro ante él porque a pesar de todo, sigue siendo su papi. Y esto, ni mil muertes que vengan, se lo va a arrebatar nadie

dimecres, 20 de juliol de 2011

- ¡Como te estás poniendo!


Hace unos meses, mientras estaba apoyado en una máquina de café que me preparaba el desayuno, un imbécil se me acercó con ganas de fastidiar. El imbécil en cuestión, me agarró por un michelín y exclamó: - ¡Como te estás poniendo!
Independientemente de que mi peso fuera excesivo, considero una falta de tacto, una impertinencia fuera de lugar, y una carencia absoluta de saber comportarse, decirme cuán gordo le parecía que yo estaba, sin habérselo preguntado. Pudiera haberle soltado un buen exabrupto, pero semejante calaña de tiparracos-as no suelen dejarse afectar por aquello a lo que ya están acostumbrados. Es más, no merece la pena ponerse a la altura de ejemplares así. Siempre he sentido mucha aversión por aquellas personas que dicen las cosas a bocajarro, sin pensarlas, bajo el pretexto de que ante todo; uno debe de ser sincero consigo mismo, por encima de todo, y arda Roma si me muerdo la lengua.

¡Y una mierda! La gente que no piensa lo que dice, merece de todo mi desprecio.

Evidentemente no me rebajé a contestar a semejante bazofia, pero reconozco que me miré al espejo y me vi inmenso. Demasiada protección acumulada en verano para soportar el invierno, quizá las comidas familiares en Navidad, la vida sedentaria... en definitiva; que le había echado unos kilitos extras a mi cuerpo serrano.

Unos meses después, - 9,5 Kg. más tarde me veo mucho mejor. Me siento ligero, me he comido todos los agujeros posibles de mi cinturón, y por fin me siento delgado. Eso es lo que yo quería.

Y ahí empieza lo mejor. En este momento, en el que me veo con casi diez kilos de menos, me doy cuenta de la calidad de muchas de las personas que me rodean. Gente envidiosa a quienes los celos les parten el alma, quienes sienten desprecio por la felicidad ajena, quienes se muerden los labios hasta sangrar cuando alguien alcanza sus objetivos, quienes arañan la parte inferior de sus sillas cuando huelen tu victoria.

Digamos que fue a partir del kilo – 6 más o menos, cuando empezaron a dirigírseme miradas contritas y lastimeras. Miradas de personas que me dedicaron frases como “-  ¡¡Ay... qué viejo se te ve!!” o “¡¡Uy... has estado enfermo!!”... o “¡Mmm.... se te ve tan arrugado ... parece que hayas cumplido los setenta!"
Lo que no saben es que a mí eso me enorgullece, me ayuda a perseverar, a mantenerme ahí, a sentirme mejor conmigo mismo... En el fondo, pienso que si se les ve tanto el plumero debe ser porque se me debe ver estupendo.

A mí no me cuesta nada decirle a alguien que se ha adelgazado, que se le ve mejor... que es fascinante que haya aprobado el examen de “Proctología y letras”... que desde que lleva esa pamela verde con frutas exóticas en la cúspide, se le ve más triunfante...  Mis padres me educaron para que siempre fuera amable con la gente, para que fuera agradecido con mis semejantes, para que valorara los logros de las personas que me rodean... Pero sobre todo para que supiese que no hay envidia sana posible, y que si la sintiese, que me mordiera la lengua y sonriera.

También he recibido silencio, por supuesto; silencios dignísimos porque no todo es bazofia en mi entorno. Al fin y al cabo, quien te ve cada día es más difícil que valore que agujero del cinturón estás usando. 
Y no pasa nada... aunque entiendo que mis – 9,6 kilos son tan evidentes que me pegunto si me hubiera encontrado con tanto silencio si en lugar de kilos hubiera perdido un ojo, la nariz, o me hubiera quedado calvo como una bombilla. Seguramente no, para la desgracia y para lo trágico siempre estamos a punto, aunque sólo sea para significarnos mejor que el otro.

En fin, en todo este proceso me quedo con dos cosas; con quienes abiertamente han seguido mi deslipidización y ahora se alegran al verme mejor conmigo mismo (son mis amigos de verdad en definitiva), y también me quedo con la frase que me dijo ayer mi dietista; - ¡Esto si que es un triunfo!

A la espera quedo de que se pronuncie el pedazo de mierda pútrida que hace medio año me agarró el michelin para decirme: - ¡Como te estás poniendo!
Pero tengo paciencia... ya vendrás bonita.