dilluns, 13 de desembre de 2010

Les cuento mi sueño



Esta noche pasada he tenido un sueño; last night I had a dream. Era una noche nublada y lluviosa. En la calle los perros hacían caca. Los coches no respetaban los semáforos en rojo. Los gatos arañaban a todo el mundo. Y las ratas cantaban ópera de Puccini.

En medio de la confusión, del desorden y del caos, llegaba un momento en el que se hacía la luz. Un sol brillante emergía en mitad de la noche convirtiéndola en día. El cielo se abría y ahogaba la tempestad. Los perros dejaban de hacer caca y se convertían ellos en caca, transformándose luego, a la luz del sol, en ceniza. Los coches se paraban en los semáforos y las ancianitas podían llegar hasta el otro lado de la vía, que no de la vida. Y las ratas; las ratas cantaban como Supertramp.

Pero aun algo más pasaba. Una inmensa nave intergaláctica llegaba desde el cielo. Una nave que olía a plomo y titanio se depositaba en la plaza de la Almendruca. La nave, de un color muy tonto, deslumbraba a la gente que paseaba por la plaza de la Almendruca. Muchos se tenían que poner las gafas de sol para no quedarse turulatos.

Una gran compuerta de la nave se abría al son de una música celestial. Creo que era una versión heavy-rock del Ave María de Schubert mezclada con un pasodoble español. De la puerta de aquella nave intergaláctica surgía una señora con bigote que llevaba en el culo una estrella de “Sheriff”.

Y decía:
“- Venimos de un planeta muy lejano, muy lejano, a salvaros de aquello que os atonta, oh pueblo mundano. Os salvaremos de la idiotización de vuestros hijos, de la pusilanimidad con la que son tratados. De las lagrimas de cocodrilo, de la arrogancia, de la petulancia, y de una ambulancia. Nos llevaremos vuestro mal y se lo daremos de comer a las famélicas fieras de nuestro planeta muy lejano. No os preocupéis, en nuestra galaxia hay tanto bicarbonato en suspensión que no hay riesgo de que las indigestiones nos lleven a devolveros vuestro mal.”

De pronto, una inmensa manguera de boca gordísima se descolgaba de la nave intergaláctica. Depositada en el suelo, sus motores se encendían y empezaban a aspirar, a aspirar, y a aspirar. Una manguera glotona de gordísima boca que empezaba a tragar madres como una loca. Una tras otra, miles, millones de madres se intentaban escapar agarrándose a las piernas de sus hijos. Pero la potencia de lo motores de aquella manguera de boca gordísima venida de una galaxia que era rica en bicarbonato en suspensión, aspiraba y absorbía madres como quien churrupa una horchata. Una, y otra, y otra, y otra más; todas eran deglutidas, envueltas en sus faldones, delantales, y chantajes.

Cuando ya no quedaba ninguna, la nave cerraba su puerta largándose por donde había venido, mientras en la plaza de la Almendruca estallaba la algarabía. Cohetes y fuegos artificiales. Majorettes, cheerleaders, y sardanas para celebrar la fiesta de la liberación, la alegría de padres, hijos, hijas, perros, gatos, coches, ancianas... y ¿ambulancias?

Pero otro "acto" lo enturbiaba todo. Toda la algarabía se iba al traste por unos instantes al saberse la noticia; el hara-kiri colectivo del gremio de psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, y fabricantes de ansiolíticos ... ¡pobres cillos! Nunca llueve a gusto de todos.

divendres, 10 de desembre de 2010

ATERRIZA COMO PUEDAS


Este verano pasado hice un largo viaje que implicó el uso del avión como medio básico de transporte. Quince días antes de emprenderlo, empecé con los trámites básicos con los que uno se prepara siempre un viaje, a saber; revisar la documentación, cambiar moneda, comprar “Fortasec”, y observar como se desarrollaba el sempiterno conflicto de los controladores aéreos. Vaya, lo de cada verano.
No voy a tirar de hemeroteca porque dedicarle ese tiempo a estos pesados me da mucha pereza, pero recuerdo como bailaron las fechas en las que los controladores afirmaban que probablemente harían su huelguita de turno. Que si en día tal dirían cuando, que si cuando lo dijeran ya dirían hasta cuando... en fin, parecía como si hubiera un problema de agendas, que impedía a los controladores organizarse de una manera lógica. Debe de ser que dadas las fechas, algunos aun estaban por volver de sus vacaciones.

Pendiente de sus decisiones estuve durante quince días, ya ven, con el viaje pagado y el “Fortasec” en la maleta pero sin saber si estas oportunistas iban a dinamitarme las vacaciones. (Vaya, me salió la bilis, perdonen, pero como estamos en estado de alarma pienso que se me concederá el derecho a mostrarme beligerante e insolente con este gremio de presuntuosos).

Como les decía, por un tema de agenda, la fecha de inicio de la huelga bailó tanto que llegó el día en el que ya no me afectaba en lo referente a fecha de salida (¡Buf, que descanso!), pero sí que empezaba a amenazarme la fecha de regreso, lo cual, francamente me importaba un bledo. Miren, para irme de vacaciones me jodía la amenaza, pero para regresar, me importaba una mierda vestida de astronauta bailando una mazurca... ¡Para qué les voy a engañar!

Y es que aquí estaba el quid de la cuestión. Una cosa es que secuestren tu cotidianidad, tu rutina, tu vida normal y corriente que transcurre por los cauces del día a día, y otra peor es que secuestren tus vacaciones, tu ocio, el objetivo por el que luchas todo el año. Y eso, ellas lo saben. ¡Vaya que si lo saben!
Pero les importa medio pito, como a todo trabajador cuando se manifiesta y monta un pollo del carajo. La diferencia está en que de su trabajo dependen mis vacaciones. Peor aun; con la importancia que ha adquirido la movilidad aérea en los últimos años, los controladores aéreos tienen 334 días al año para montar pollos del carajo. Pero no, ellos se esperan a los 31 restantes para, sin previo aviso, organizarla de película, lo cual, por cierto; denota una enorme egolatría y una maldad soberbia. No seré yo quien ponga en discusión el derecho inalienable de todo trabajador a defender su puesto de trabajo, sus privilegios adquiridos, y todo cuanto cree que merece. Pero creo que hay unos límites que ni siquiera el gremio de controladores aéreos puede obviar.

Como ven, no les hablo de impactos económicos, ni de otras zarandajas que soy incapaz de entender; hablo del sentir de miles de personas que deben tragarse la maleta, las ilusiones, y el “Fortasec”, cada vez que este gremio prepotente decide erigirse como divino patrón destructor de la felicidad de miles de personas. Ellos piensan que existe una campaña mediática para criminalizarlos; ni se plantean la posibilidad de que sean sus acciones las que pueden ser ampliamente repudiadas por la sociedad. Sus actos divinos son tan incuestionables que el vulgo no merece ser considerado en lo más mínimo; el responsable es el Estado, qué digo, ellos son el Estado.

¿Porque no serán más imaginativos en lugar de tan pesados? ¿Porque no se van al Camp Nou y se lanzan todas a lo Jimmy Jump en medio de un partido? Verán como a la mañana siguiente les han firmado todo y más. ¿Porqué no empiezan a desviar aviones y los hacen aterrizar delante de la Moncloa? o ¿Porqué no putearon el avión del Papa y no lo mandaron a los pies del volcancito islandés este de marras, el Eyafjalla?

En fin señores, un último mensaje para ellos: dejense de jugar con los aviones, y váyanse a cagar a la vía.