diumenge, 13 de maig de 2012

Me colé en una fiesta

Agradezco la pregunta, nadie aun lo había hecho.

Pues sí, me gustó, me pareció divina. Un viaje al pasado en toda regla. De repente cada tema te sitúa en un contexto, en el que lo cantaste o bailaste. De pronto uno se ve en su adolescencia cargando entre los brazos con una carpeta en la que enganchó la portada de un single de MECANO, junto a otras fotos recortadas de algunas revistas de la época como “Súper pop”. Una carpeta que todavía conservo entre otros fetiches de mi tierna juventud. Ese “Me colé en una fiesta” te pasea de nuevo por el Vall d’Hebrón camino del instituto donde lo que estaba de moda eran tópicos de adolescencia como Bowie, Jagger, Santana o Paco Ibañez. No me cayó ninguna bolsa de agua después de todo, pero se puso tanto en duda mi identidad sexual; tanto como yo pensaba de otros que eran pura estética piojosa; tanto que me hacían bostezar.

“Todos los recuerdos de mi habitación, están escondidos al fondo de la estación, todos los momentos que pasé leyendo cuentos, están solos”... ¿Qué se habrá hecho de aquella “Estación” que ahora nunca canta la Torroja? Fue importante para mí. Quizá por eso siempre la echo de menos en sus conciertos.

Años más tarde me casé. Permítanme el sarcasmo pero en este sentido creo que también “me colé en una fiesta”. Decidimos, mi esposa Bárbara Bush y yo, sustituir el sempiterno himno nupcial por “¿Dónde está el país de las hadas?”. A alguien le sonó tan atronador que comentó si era el himno nacional. Para mi fue perfecto, pese a que ahora pienso que en mi vida todavía sigo buscando hadas. Un tema también olvidado ahora por la Torroja, lo cual es lógico porque era un tema instrumental.

Y ese sórdido “Japón” que tantas veces me permitió meterme el ritmo necesario de una cadena de montaje. “Entre miles de tornillos viven en Japón, son más de un millón, donde sale el sol”. Menuda letra boba, pero tan eléctrica que cantarla en voz baja me ponía las pilas cada 6 a.m.

Que osada juventud nos invadía entonces, cuando Bárbara embarazada de cinco meses se plantó en primera fila de un estadio de fútbol, acordonada por su hermano y por mí, pretendiendo que así se paraba una avalancha que por suerte para la existencia de mi hija, nunca se produjo. Finales de los 80 debía ser, años ya del “Descanso Dominical”. Lo mejor de MECANO a años luz, diría cualquier fan. A años luz, pensando que otros trabajos de estos chicos ya se habían situado en el espacio infinito, dejando una nube de gases de ignición sobre la “movida madrileña”. Tantos, que en sus conciertos, siempre sustituyeron “Quédate en Madrid” por “Quédate en Barcelona”. ¡Qué narices con lo de la movida madrileña!

Y es que la Torroja siempre nos lleva a MECANO. Salvo honrosísimas excepciones como “Sonrisa” o “Ya no te quiero” o “Como sueñan las sirenas” o “Duele el amor”, la Torroja es MECANO, y ella lo sabe. No es Alaska, quien dijo en un concierto, cuando se disponía a cantar un tema antiguo: “- Esta es la única concesión al pasado”. Es Ana Torroja, y la Torroja nos puso en bandeja nuestro propio pasado en el Palau de la Música. Sin complejos. Lo de la otra fue pura arrogancia. Porque eso queremos sus fans, porque de eso vive ella que es sabia.

En fin, ver a esta cincuentona en escena es un gustazo siempre. Es pura electricidad. Es darte cuenta de que el tiempo pasa pero que el recuerdo siempre queda. Te quedan las letras, una por una, en la cabeza; sin mella, sin vacíos, sin dudas, sin una coma de menos.

El público, su público, entregado a tope. Este debe de ser uno de los tópicos más manidos cuando uno se remite a un concierto al que fue. Pero es cierto, incluso el tópico de las “mariquitas” de gimnasio que enloquecidas bailan por la platea, impertérritas al bochorno ajeno que provocan. ¡Ay que pesados, que pesados! O el pesado soy yo, no lo sé.

De una cincuentona me voy a otra y en breve la tercera; les cuento en junio que tal con Madonna. Les dejo un clip. Gócenlo.