dissabte, 17 de setembre de 2011

Cuarentones a los 20

No entiendo a esta juventud. Su conservadurismo monumental que los torna casposos y aburridos. No sé de qué manera podríamos hacerles entender que los veinte años sólo se tienen una vez. Que después de eso, un día irán a la discoteca y se darán cuenta de que los más jóvenes mirarán sorprendidos como las luces de neón se reflejarán en sus canas.
Tal vez sea una putada de la biología, tal vez por eso, en plena eclosión hormonal, imitan la vida de sus padres y se ponen a parir hijos e hipotecas cuando cumplen los veinte. Y como tal vez a sus padres les pasó, y a los padres de sus padres, y a los primeros homínidos incluso les pasó, cuando lleguen a los cuarenta se sentirán patéticos en ese intento de recuperar su juventud, que yo he ilustrado con lo que les contaba de los neones, las canas, y la discoteca. 

Nuestra juventud, como aquellos segundos homínidos que hace 4 millones de años comenzaron a ser irreverentes y sabelotodos con los primeros, no innova nada. Es conservadora, mojigata, aburrida, y repite roles como una impresora cuya tecla “print” se ha atascado mientras multicopiaba en blanco y negro a sus padres. ¿Para qué les sirvió la adolescencia? Esa divina etapa tortuosa en la que uno se da cuenta de las imperfecciones de sus padres, y en la que se jura y se perjura que ellos nunca serán así… ¿Para acabar imitándonos? ¡Sois unos bocazas! ¡Unas rémoras de lo casposo!

Cumplen veinte años y tanta rebeldía se convierte en caca de vaca seca. Puro combustible que no se utiliza. Energía disipada entre un universo de roles, cánones, y zarandajas de adultoide tonto. Se juntan, se rinden al encanto de las hipotecas, se ponen a parir desempleados, empiezan a sacar panza, a llenar una nevera vacía cada sábado por la mañana, y de nuevo la tecla “print” atascada, atascada, muy atascada.
Aun con todo, repiten como loros, eso sí, aquel discurso que fue paja en su adolescencia y que repetían insaciablemente a sus adultos: “No controles mi vida”.
No opines, no intentes ayudarles, no trates de quitarles la venda de los ojos, no les plantes ante la nariz tu propia experiencia, te dirán siempre: “No controles mi vida”. Alguno incluso te dirá que “eres un carca”, mientras coge, eso sí, un carro de la compra, una lista que estuvo colgada en la nevera, y se perfumará con “Nenuco” para ir al Dia.

Y repetirán los mismos esquemas:

Ellos se agruparán en torno a otros y repetirán las mismas “machadas” una y otra vez. Sus genitales serán el centro de su vida, la única vía posible por donde la vida de un varón se reafirma constantemente. Lanzarán testosterona por todos sus poros mientras gritarán “gol” ante un televisor rodeado de latas de cerveza. Hablarán de sus coches, de la “championlí”, y se mostrarán sus penes para ver quien la tiene más grande y es el más macho entre los machos. Pronto hablarán de “parientas”, de “la Lorelai”, y de “mi vieja”. ¡Bufa! ¡Sólo escribir esto me ha provocado un bostezo!

Ellas se agruparán también. Se pondrán tibias entre ellas, sacarán cervezas de la nevera para los de los penes sacados, les rendirán pleitesía, y harán la ola complacidas cada vez que desde el salón se oiga que uno de ellos se ha tirado un pedo. Fíjense, ahora he bostezado dos veces, incluso he echado un sueñecito reparador.

¡Cómo aburrís jovencitos! Os diré ahora lo que dentro de veinte años no me atreveré a deciros por respeto y conmiseración. Os diré, cuando me contéis que os habéis apuntado a un gimnasio para reducir la panza, o teñido las canas por lo del neón de las discotecas, o que habéis empezado a estudiar “Historia del Arte” a los cuarenta, o que nos os llega para la pensión de la Lorelai y del Jonathan Mathew, os diré, decía, que ya os lo advertimos cuando cumplisteis veinte años.

¡Carcamales!